El Carisma de Evita Perón como llegada al mundo y sinónimo de Liderazgo

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El liderazgo Carismático de Evita Perón

La característica más saliente y excepcional del Peronismo, cuando se lo compara con otros movimientos políticos, es su liderazgo carismático doble. El liderazgo del General Juan Domingo Perón ya estaba claramente
establecido cuando asumió la presidencia de la nación y el de Evita se fue desarrollando posteriormente a esa fecha. Pero desde el año 1948 hasta que ella murió, la Argentina contó con dos líderes que se complementaron, aunque los orígenes y la naturaleza de sus liderazgos fueran muy diferentes.


La relación carismática de Perón y de Evita con los sectores de clase obrera que lo llevaron por primera vez al gobierno en 1946 ha sido un factor importante en la política Argentina ya que sobrevivió la muerte de Evita, el derrocamiento de Perón y sus dieciocho años de exilio. Sin embargo, es un tema que ha recibido poca atención’. Lo que sigue es un intento de examinar un aspecto de la cuestión: el liderazgo de Evita durante el primer mandato de Perón, de 1946 a 1952.

En «La teoría de la organización económica y social», uno de los primeros trabajos sobre el concepto de liderazgo carismático, Max Weber explica que hay tres formas posibles de legitimación de la autoridad: la tradicional, la racional o legal y la personal o carismática. Esta última está definida por la posesión de carisma, que es cierta cualidad de un individuo en virtud de la cual, éste se separa de los hombres comunes y es tratado como si tuviera poderes o cualidades sobrenaturales, sobrehumanas o por lo menos específicamente excepcionales. Son tales, que no están al alcance de las personas comunes, se las cree de origen divino o ejemplares, y son la razón por la cual el individuo en cuestión es tratado como líder.’


Según Weber, un líder carismático se distingue por su misión y su capacidad de inspirar devoción, lealtad y «confianza absoluta» en sus partidarios. Su carisma, re elado por algún «signo o prueba, en su origen siempre un milagro», no es por sí mismo la base de su legitimidad; ésta «reside más bien en la concepción de que es el deber de quienes han sido llamados a una misión carismática, reconocer su cualidad y actuar en consecuencia'».


«El reconocimiento», apunta, puede surgir «del entusiasmo, de la desesperación o de la esperanza» .’
Para Weber, el carisma era «un fenómeno típico de los movimientos religiosos proféticos o de los movimientos políticos en procesos de expansión, en sus primeras etapas. Pero tan pronto como la posición de autoridad está establecida y sobre todo, tan pronto como se establece el control sobre grandes masas de gente, se abren paso las fuerzas de la rutina cotidiana. «.5 Se podria decir, agrega Weber, «que la autoridad carismática existe en su forma pura, sólo durante el proceso de gestación. No puede permanecer estable, porque se transforma en tradicional o rutinaria, o en una combinación de ambas».»
Menciona varios tipos de Líderes carismáticos, algunos héroes de guerra, los «fanáticos», los «shamanes», hombres como Joseph Smith, el intelectual comunista bávaro Kurt Eisner y los profetas, pero no presenta en un
análisis extenso del liderazgo carismático político. Sin embargo, es precisamente en el ámbito político que se han utilizado las ideas de Weber sobre liderazgo carismático
.’ En años recientes, por ejemplo, en ciencias políticas, se ha usado el concepto para analizar la transición de ciertas sociedades coloniales a naciones independientes. 8Por otra parte, a pesar de éstos y otros intentos de elaborar una teoría de liderazgo carismático, el concepto es todavía difícil de describir y hay desacuerdo sobre su utilidad, aplicabilidad, las condiciones en las que pueden surgir líderes carismáticos, sus caractrísticas o qué sucede cuando mueren.»


A primera vista, las ideas de Weber sobre liderazgo carismático no parecerian ser ni útiles ni aplicables al caso ‘de Evita. Primero y principal, ella es mujer y el líder carismático es siempre un hombre. De hecho, el concepto no solamente está impregnado de características específicamente masculinas, sino que excluye a las mujeres sin miramientos. En su discusión del proceso de rutinización del carisma y sus consecuencias, Weber apunta que «el individuo que no ha podido completar exitosamente el proceso de iniciación, sigue siendo ‘una mujer’; es decir está excluido del grupo
carismático» .


Pero es un hecho que a pesar de ser mujer, durante su corta vida política, Evita inspiró tanta devoción, obediencia y «confianza absoluta» como Perón. En segundo lugar, si bien según Weber el liderazgo carismático
aparece en un momento de crisis, o sea cuando un movimiento está luchando por cambiar ciertas condiciones específicas, el de Evita se desarrolló lentamente, cuando el «proceso de gestación» había llegado a su fin y supuestamente había comenzado «la rutina cotidiana.» Tercero, ella compartió su liderazgo con Perón, aunque el concepto de «carisma compartido»
sea una incongruencia teóricamente.


Así como el liderazgo de Perón no puede ser estudiado separado del de Evita una vez que él asume la presidencia de la nación, el de ella tampoco puede analizarse aislado de Perón, no solamente porque él decidió incorporarla a su liderazgo, sino porque ella ejerció el suyo explícitamente como complemento del de Perón. Vale la pena señalar aquí que el liderazgo
de Perón, a su vez, también presenta algunas dificultades. Es que el liderazgo de Perón fue proclamado y «reconocido» durante la demostración que tuvo
lugar el 17 de octubre, unos cuatro meses antes de su elección a la presidencia, acontecimiento que por lo tanto ocurrió cuando el «el proceso de gestación» había concluido. Es decir que durante sus dos primeros mandatos (1946-55), Perón fue presidente y al mismo tiempo líder de los descamisados, nombre éste que se dió después del 17 de octubre a los trabajadores que lo reconocieron como tal en esa fecha. Contrariamente a lo que debía suceder según Weber, en el caso de Perón, su carisma no se desvaneció para dar paso «a las fuerzas de la rutina cotidiana,» sino que conservó todo su vigor y hasta el fin de su gobierno mantuvo «control sobre grandes masas de gente.»


A pesar de estas aparentes dificultades y contradicciones, un análisis más detallado del modelo que nos ofrece Weber nos revelará que sus ideas son no solamente útiles, sino también aplicables al caso de Evita.
Evita es indudablemente la figura política femenina de mayor proyección en América Latina, sin embargo durante la mayor parte de su vida, le interesó mucho más su carrera de actriz que la política. Nacida en 1919 en un medio social modesto, de origen ilegítimo y con escasa educación, era una actriz de radioteatro con su propia compañía cuando conoció al coronel Perón, a comienzos de 1944. Para ese entonces, él era Secretario de Trabajo y Previsión Social, Secretario del Ministro de Guerra y también el
militar más discutido entre los oficiales que habían tomado el poder el 4 de junio de 1943. El interés de Evita por la política comenzó a desarrollarse como resultado de su relación con Perón y de su participación en un programa de propaganda política patrocinado por la Secretaría de Trabajo y Previsión. Sin embargo, su carrera como actriz de radioteatro y de cine siguió siendo su preocupación principal hasta el 23 de octubre de 1945, cuando la abandonó definitivamente para casarse con Perón. El triunfo de éste en las elecciones de febrero de 1946 modificaría la vida de Evita de tal manera que, para 1949 ya era la persona de mayor poder e influencia en el gobierno peronista después de Perón. Cuando se murió en 1952, era Eva Perón, la esposa del Presidente, o sea la Primera Dama, y «Evita», la abanderada de los descamisados o sea el enlace de Perón con los trabajadores, fundadora y presidenta del Partido Peronista Femenino, miembro del Consejo Superior del Partido Peronista, presidenta de la Fundación Eva Perón, y por voto de las cámaras legislativas, Jefa Espiritual de la Nación.


Cuando participó en el golpe militar que derrocó al presidente Ramón 1.Castillo en junio de 1943, Perón era un coronel de 48 años, autor de varios libros, profesor de la Escuela Superior de Guerra y un experto en cuestiones de estrategia militar que se había granjeado el respeto de la oficialidad. Si bien había tomado parte en el golpe militar del General José Félix Uriburu, en septiembre de 1930, su interés por los temas políticos y sociales se había reavivado sobre todo durante un viaje de entrenamiento a
Italia entre 1939 Y 1941. El 27 de octubre de 1943 Perón se hizo cargo del Departamento de Trabajo, hasta ese momento una repartición de segundo orden, cuyo objetivo principal había sido el de controlar al movimiento obrero organizado.


Al mes siguiente el Departamento ya era una Secretaría y con la de viejas leyes laborales, la sanción de otras nuevas, la
creación de nuevos sindicatos y, en general, el desarrollo de una política social que mejoró el estándar de vida y las condiciones de trabajo de obreros y obreras, empleados y empleadas, tanto en las ciudades como en el campo, la transformó en el símbolo de una nueva era en todo lo referente a relaciones laborales.


La clave del liderazgo carismático de Perón está en su gestión como Secretario de Trabajo y Previsión y en la relación que él estableció con la clase trabajadora entre 1943 y 1945. Contó con la ayuda de varios factores, entre otros, las condiciones económicas favorables de la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial, la existencia de una clase obrera en rápido crecimiento, con grandes sectores no sindicalizados y un movimiento obrero burocratizado. A esto habría que agregarle un estilo político enteramente nuevo. Perón abrió las puertas de la Secretaría y empezó a recibir diariamente a dirigentes sindicales y simples obreros, visitaba sus sedes y las fábrícas en que trabajaban y concurría a sus reuniones. Cuando se dirigía a ellos, hablaba de justicia social, les recordaba que tenían derechos y proclamaba el comienzo de una nueva era en la que el estado pondría fin a la explotación de los trabajadores.» Empleaba un lenguaje que los obreros no habían oído en boca de un miembro del gobierno hasta ese momento, pero que escuchaban con entusiasmo porque era el que ellos usaban, y además venía acompañado de medidas concretas.


La gestión de Perón desde la Secretaría de Trabajo encontró una fuerte resistencia en todos los partidos políticos que se oponían al gobierno militar por su política exterior y su falta de garantías constitucionales. Los comunistas y los socialistas, hasta 1943 con una base fuerte en el movimiento obrero organizado, se oponían a él con especial encono, acusándolo de demagogo y de nazi. Pero su popularidad siguió aumentando y hasta empezó a tener efecto en sindicatos tradicionalmente dominados por los
socialistas. En un acto que organizó la Unión Ferroviaria en octubre de 1944 para agasajar a Perón y a otras autoridades de la Secretaría de Trabajo, hizo un discurso en el que recordó a sus oyentes que contrariamente a otras revoluciones, ésta beneficiaba a los pobres. Señaló también que las críticas que se hacían de la Secretaría de Trabajo provenían de los malos
políticos y de egoístas. Los obreros debían apoyar esa institución «para mantener sus propias conquistas» y agregó que «confiaba en que contaría con su apoyo cuando considerara oportuno solicitarlo»!’. La relación que Perón estaba forjando con los trabajadores fue puesta a prueba en octubre de 1945, durante una crisis que paralizó al país durante nueve días y de la que salió vindicado, fortalecido y transformado en el Líder de los Descamisados.


La crisis irrumpió el 9 de octubre cuando Perón, para ese entonces no solamente Secretario de Trabajo y Previsión sino también Ministro de Guerra y Vicepresidente, fue obligado a renunciar a sus tres puestos por un grupo de oficiales de Campo de Mayo. Su renuncia desencadenó una crisis de gabinete para el presidente General Edelmiro J. Farrell. Los ministros presentaron sus renuncias y Farrell dispuso la formación de un nuevo gobierno. Antes de abandonar la Secretaría, sin embargo, Perón hizo un último discurso a un grupo de manifestantes que habían ido hasta su oficina para despedirse y anunció que había firmado varias medidas laborales antes de renunciar. Su discurso enfureció de tal manera a sus enemigos, que el 13 de octubre fue detenido y encarcelado en la isla Martín García. Pero la noticia de la detención de Perón precipitó la reacción de los sectores obreros que apoyaban su gestión en la Secretaria de Trabajo. Ayudados por sus colaboradores y amigos más cercanos en esa repartición comenzaron a movilizarse para conseguir su libertad. El 15 de octubre, los trabajadores azucareros de la provincia de Tucumán fueron a la huelga y el mismo día la
Confederación General del Trabajo (CGT) se reunió para votar una declaración de huelga general. Fue votada para el 18, pero en la mañana del 17, miles de trabajadores abandonaron las fábricas en el cinturón industrial de
Buenos Aires e invadieron la ciudad. Pidiendo la libertad de Perón, convergieron hacia la Plaza de Mayo. No fueron detenidos ni por la policía encabezada por el coronel Filomeno Velasco, otro gran amigo de Perón., ni por las tropas de Campo de Mayo y se sumaron a ellos multitudes de hombres y mujeres durante todo el día. o se fueron hasta ya entrada la noche, esperando entre consignas y cantos que apareciera Perón en el balcón de la Casa Rosada y les hablara desde allí.»


La presencia de Perón en la Casa de Gobierno y su discurso, frecuentemente interrumpido por expresiones de entusiasmo delirante, marcaron la transformación de su relación con la clase obrera argentina en un lazo que los uniría durante treinta largo años». Fue entonces que surgieron el líder y los descamisados, nombres que aparecen pocos días después para describir a Perón y a los hombres y mujeres que pidieron su libertad y expresaron su apoyo por él en Plaza de Mayo». Lo reconocieron como su «héroe», su «líder», porque en una acción decisiva y sin precedentes, se había transformado en su portavoz y, en poco tiempo, había cambiado sus vidas de forma tangible. A pesar de las acusaciones de socialistas y comunistas y de las críticas de dirigentes sindicales, sabían que la Secretaría de Trabajo se había transformado en una institución diferente desde que Perón
se había puesto a su frente. Su amplia sonrisa inspiraba confianza cuando recibía a los dirigentes sindicales en su oficina; se sentían cómodos en seguida y conversaban amigablemente con él. Además sabía cómo dirigir la palabra a una manifestación de trabajadores. Lo hacía como si toda su vida

hubiera sido un dirigente obrero. Entendían que sus enemigos habían pedido su renuncia, lo habían encarcelado e incluso habían amenazado su vida por su apoyo a las clases trabajadoras. De allí en adelante, los enemigos de Perón serían sus enemigos pues al atacarlo, habían puesto en peligro todas las medidas favorables que habían disfrutado desde 1943. Los temores de
los trabajadores se vieron confirmados por el discurso inaugural del nuevo Secretario de Trabajo y la reacción de los empresarios cuando obreros y empleados fueron a cobrar su sueldo el 12 de octubre. Por otra parte, los
rumores sobre la composición del nuevo gabinete de Farrell, indicaban que la oligarquía conservadora estaría pronto de vuelta en el poder». Al identificar las medidas obtenidas desde la caída de Castillo con Perón, decidieron llamar a la huelga general y los dirigentes sindicales no tuvieron otro remedio que apoyarla. Los trabajadores proclamaron su adesión a Perón y
con su movilización consiguieron que su héroe fuera puesto en libertad y les fuera entregado en Plaza de Mayo para tener no solamente un discurso de él sino un diálogo con él. Su movilización significó su expreso reconocimiento del liderazgo de Perón, un reconocimiento colectivo, necesario y al decir de Weber «decisivo para la convalidación del carisma»:».
Los acontecimientos del 17 de octubre conformaron un acto fundacional: fueron la proclama simbólica del liderazgo de Perón y la entrega ge la voluntad colectiva a él, porque la encamaba. En los años siguientes, cada 17 de octubre se recrearía ese acto. Ante una Plaza de Mayo rebosante de gente, Perón, desde el balcón de la Casa de Gobierno, se
dirigiría a los descamisados como lo había hecho aquella noche. El ritual tendría lugar en un feriado nacional, denominado oficialmente Día de la Lealtad, en recuerdo de la lealtad que él había demostrado a los descamisados, solamente comparable con la que ellos demostraron hacia él.


El 17 de octubre de 1945, tanto Perón como los trabajadores, repudiaron las reglas políticas establecidas y rechazaron los comportamientos políticos y sociales correspondientes. Su reencuentro ese día, según el modelo de Weber, fue revolucionario». Pero la relación carismática revelada en esa fecha no invalidó las instituciones existentes, no destruyó las reglas
aceptadas. Más bien se superpuso a ellas. En lugar de actuar exclusivamente sobre la base de la nueva autoridad con la que había sido investido, Perón, el nuevo líder, se convirtió ese mismo día en candidato a las elecciones
presidenciales que se avecinaban. De hecho, al mes siguiente Perón anunció su candidatura y el mandato que recibió el 17 de octubre fue formalizado y confirmado en febrero de 1946 cuando fue elegido presidente.
Según el modelo de Weber, el liderazgo de Perón completó su «proceso de gestación» el 17 de octubre. A partir de entonces, empezaba la «rutinización», una etapa que inevitablemente erosionaría su relación con los descamisados. Pero no es lo que sucedió; el liderazgo carismático de Perón no solamente se mantuvo intacto hasta 1952, sino que se fortaleció.
La clave de esta transformación inesperada fue la incorporación de Evita al liderazgo de Perón.
Perón ganó las elecciones de 1946 con una campaña en la que se enfrentó a todos los partidos políticos que existían hasta el golpe de 1943.


La oposición iba desde los comunistas hasta los conservadores, pero él obtuvo 1.527.231 votos sobre un total de 2.734.386. También ganó las gobernaciones de todas las provincias menos dos, todas las bancas del Senado y obtuvo una amplia mayoría en la Cámara de Diputados. Pero a pesar de estos resultados, Perón estaba en una posición difícil. En primer lugar,
no lo respaldaba un partido político unido y bien organizado. Perón se presentó a las elecciones respaldado por dos organizaciones políticas creadas después del 17 de octubre: la Unión Cívica Radical (Junta Renovadora), un pequeño desprendimiento de la Unión Cívica Radical y el Partido Laborista, fundado por dirigentes sindicales. Estaban unidas en la medida en que ambas apoyaban a Perón, pero las separaban serias diferencias que estallaron tan pronto como la campaña se puso en marcha. Por otra parte, el
Partido Laborista representaba un peligro serio para Perón porque estaba dirigido por viejos sindicalistas, muy respetados, que se habían adherido a la política de la Secretaria de Trabajo y a Perón, pero también querían mantener cierta independencia. Además, muchos eran dirigentes de la CGT y el 15 de octubre de 1945, no había duda alguna que se habían negado a entregar sus organizaciones a Perón.


El 15 de octubre, el comité confederal de la CGT se reunió para considerar una moción que declaraba la huelga general. Las actas de la reunión indican que los delegados obreros habían comprendido claramente el impacto de la política de Perón sobre la clase obrera Argentina. Al igual que los obreros, los dirigentes 10 apoyaban porque esa política había satisfecho viejas reivindicaciones. No discrepaban con la decisión de los trabajadores de abandonar sus puestos de trabajo como protesta por la detencion de Perón. En realidad, no veían otra alternativa que la de declarar la huelga general. Pero se resistían a llamar a la huelga con el propósito específico de pedir la libertad de Perón porque esto significarla entregarle la dirección del movimiento obrero organizado. La moción que se adoptó después de un fuerte debate, indicaba que la huelga sería el 18 de octubre, pero no mencionó el nombre de Perón».
El intento de la CGT de mantener su legitimidad como organización sindical fue socavado por la movilización del 17, que dejó a los dirigentes en una posición muy frágil. Trataron de recuperar terreno con la fundación del Partido Laborista, pero ya era demasiado tarde. Perón había ganado la partida y poco después de las elecciones, en mayo de 1946, lo disolvió. La decisión de Perón fue abiertamente resistida por algunos dirigentes. Otros la aceptaron, aunque siguieron tratando vanamente de mantener la independencia del movimiento obrero».


Por otra parte, la rápida expansión del movimiento obrero organizado, la incorporación masiva de obreros industriales que cambiaron la composición de la CGT y el alto nivel de movilización de los trabajadores dispuestos a luchar por salarios más altos y mejores condiciones laborales también representaban un peligro para Perón, pues todo esto ocunía en momentos en que la Secretaría de Trabajo -recientemente transformada en Ministerio- no estaba preparada para responder a estas demandas.
Si Perón necesitaba mantener el apoyo de los sectores que lo habían llevado al poder, tenía que seguir satisfaciendo esas demandas y al mismo tiempo reforzar su control sobre el movimiento obrero. También necesitaba asegurarse de que el nuevo Ministro de Trabajo no afectara su relación con los descamisados y encontrar alguna forma de continuar el estilo político
que él había establecido como Secretario de Trabajo. De hecho, su elección constituía un peligro para su relación con los descamisados, pero pudo superar los problemas planteados por sus obligaciones presidenciales, dando los siguientes pasos. Por un lado, nombró Ministro de Trabajo a José María Freire, un dirigente obrero de poco predicamento, que debía su nueva fama a Perón y, por lo tanto, no podía fácilmente transformarse en su rival. Por otro, permitió que Evita lo sustituyera y delegó en ella su contacto personal con los obreros y empleados que insistían en querer hablar con él y reunirse con él.

Poco después de que Perón asumiera la presidencia, Evita empezó a desarrollar ciertas actividades muy extrañas para la esposa del presidente de la nación. No solamente lo acompañaba dondequiera que fuera, sino que también se reunía con delegaciones obreras en una oficina dispuesta para ella en el edificio del Correo, visitaba fábricas y sedes sindicales, asistía a concentraciones y en todas partes, pronunciaba pequeños discursos en nombre de Perón. En septiembre de 1946, su oficina fue trasladada al Ministerio
de Trabajo, o sea el mismo edificio donde había funcionado la antigua Secretaria de Trabajo y Previsión cuando la dirigía Perón. Con este cambio, sus partidarios quedaban informados que a partir de ese momento, Evita era su enlace con ellos, que Perón contaba con ella para mantenerse en contacto con ellos. Por otra parte también les señalaba que si bien era el
Presidente de la Argentina, no había dejado de ser Secretario de Trabajoun hecho repetidamente implícito en los discursos de Evita cuando llamaba a Perón «el coronel» (aunque había sido promovido a general) y mencionaba «la Secretaría» (aunque ya era un Ministerio)-. Y para no dejar lugar a dudas, en diciembre de 1946 su rol como enlace de Perón con los obreros
fue oficializado mediante un comunicado de prensa de la Presidencia». El análisis de las razones personales que puedan haber tenido Perón y de Evita para emprender un camino tan extraordinario excede los alcances de este trabajo.» Lo que importa aquí, es que al delegar en ella su contacto personal con los descamisados le dio la legitimidad que ella necesitaba para
ser aceptada por ellos, le transfirió parte de su liderazgo y con ello detuvo el inicio de su propia «rutinización». Claro está que el liderazgo carismático de Evita, no surgió de la noche a la mañana, como resultado único de la decisión de Perón. Fue formándose gradualmente, durante los primeros dos años de su mandato, a medida que fue estableciendo su utilidad tanto
para los descamisados como para Perón. A pesar de que la identificación de Evita con Perón era muy fuerte, y siguió siéndolo hasta su muerte, poco a poco empezó a tener mayor individualidad, adquirió un lenguaje político propio y su perfil político se hizo más nítido.


La transformación de Evita fue tomando cuerpo durante el período en que Perón afirmó su control sobre el movimiento obrero organizado y neutralizó a los laboristas y otros dirigentes que seguían resistiendo su creciente poder. En 1948 finalizó la primera etapa del proceso. Para entonces, José Espejo había sido elegido secretario general de la CGT y las elecciones legislativas de ese año reforzaron el apoyo a Perón en la Cámara de Diputados. Culminó con la reforma constitucional de 1949, que permitió
su reelección en 195 l. Para cuando Perón consolidó su poder, Evita se había convertido en una parte integral del mismo y su propia relación con los descamisados estaba claramente establecida. En un reconocimiento simbólico de la nueva situación, el 17 de octubre de 1948, les habló por primera vez junto a Perón desde el balcón de la Casa Rosada.


La presencia de Evita en el balcón confirmó la legitimidad de su liderazgo, que por otra parte, desde septiembre de 1947 se había extendido a un nuevo sector: las mujeres. Su discurso era la «prueba» o el «signo» de
él pero tenía un significado simbólico adicional. Como líder de los descamisados, junto con Perón, ella terna que formar parte de la alianza revelada el 17 de octubre de 1945. Dado que ella no había integrado el pacto original,
tenía que ser incorporada a esa fecha. Su discurso de 1948 no dejó lugar a dudas sobre su vinculación con aquellos acontecimientos y la convirtió en partícipe, después de los hechos, de la fundación del peronismo.
La confirmación de la participación de Evita en el gobierno peronista en 1948 es doblemente importante, porque muchos autores le han atribuido erróneamente una participación destacada en las movilizaciones de octubre
de 1945, con descripciones desprovistas de detalles concretos. Esos relatos, escritos en la década de los cincuenta, reflejan la personalidad que ella había adquirido desde 1945, pero no la persona que era en ese entonces. La
principal actividad de Evita durante la crisis de octubre fue tratar de obtener un habeas corpus para sacar a Perón de la cárcel. Si bien los días que él pasó en la isla de Martín García deben haber sido muy angustiosos para
ella, no tenía ni la experiencia, ni los contactos con los dirigentes obreros, ni con la clase trabajadora, como para ser una de las personas que organizaron la movilización popular.



Evita podía hablar a los descamisados porque era la intérprete de Perón, su «escudo,» su intermediaria con ellos; de hecho, su primera delegada. Ella podía hablarle a Perón, porque era la intermediaria de los trabajadores para con él, la portadora de su estandarte, su plenipotenciaria. Y en relación con ambos, ella era «la esperanza y la guardia eterna de la revolución», «el puente de amor entre Perón y el pueblo».


Evita nunca dejaba de recalcar la superioridad de Perón y lo elogiaba profusa e incansablemente. Si bien la maquinaria de propaganda del gobierno, los miembros del partido y los parlamentarios peronistas también repetían las mismas consignas sobre Perón, no podían competir con las apasionadas declaraciones de interminable amor que Evita sentía por Perón y por
los descamisados. Ella proclamaba su fanática lealtad hacia ellos, su voluntad de sacrificar su vida por ellos y les pedía a cambio, afirmaciones equivalente de amor, fidelidad, gratitud, obediencia y compromiso a muerte con
Perón. Ella no ahorraba superlativos cuando se refería a él. Era «glorioso», «superior», «incomparable», el cielo no podía existir sin éI.29En un discurso que pronunció en la Escuela Superior Peronista explicó que el estudio de la historia del mundo probaba, en forma concluyente, que Perón era un genio superior en todos los aspectos a hombres de la talla de Licurgo, Alejandro el Grande, Napoleón o Carlos Marx. «Lo he analizado profundamente. Peron es perfecto «. Sus súplicas y sus pedidos de unidad, disciplina, fe en Perón, confianza en Perón y obediencia a Perón, que repetía incansablemente, crearon una atmósfera en la que pronto desaparecieron la autocrítica y los cuestionarnientos. Hacia 1949, la obediencia al líder se había transformado en un principio fundamental del peronismo. Con esto, Evita le dió al peronismo otra de sus características, aunque esta vez no fuera exclusiva: un culto al líder tan fuerte que sobrevivió los dieciocho años que duró el exilio de Perón y cuando volvió a la Argentina, hasta adquirió un nuevo
nombre: verticalismo.

Rubia, pálida y hermosa, Evita era la encarnación de la mediadora, un ser de rostro virginal que, a pesar de sus orígenes, compartía la perfección del Padre por su cercanía a él. Su misión era amar infinitamente, entregarse a los demás y "quemar su vida" por los demás, una metáfora que se hizo  penosamente real cuando cayó enferma con cáncer y se negó a interrumpir sus actividades. Para ese entonces, era la Santa Madre, elegida por Dios para estar cerca del "líder del nuevo mundo: Perón'?'. Era la madre que no había tenido hijos propios, transformada en la Madre de todos los descamisados, la Mater Dolorosa que "sacrificó" su vida para que las personas más desposeídas, más pobres y más oprimidas, las criaturas, los ancianos y las ancianas pudieran encontrar alguna felicidad.
 La imagen de mediadora era fomentada por ella y repetida hasta el hartazgo por funcionarios del gobierno miembros del partido y dirigentes obreros y terminó siendo real para muchos peronistas, y también para ella.

Pero esta imagen de Evita era una máscara que no era falsa, pero escondía
a otra mujer: la política astuta y celosa que daba órdenes a los ministros
para conseguir lo que quería y cuando lo quería, trabajaba con un ritmo
frenético y manejaba la Fundación Eva Perón y la rama Femenina del Partido Peronista con mano de hierro. Escondía a la mujer que tuvo la audacia de imaginarse Vicepresidenta de la Argentina, cuando en muy pocos países
del mundo las mujeres se atrevían a soñar con una carrera política.
Perón y Evita ofrecen un ejemplo interesante de lo que podría llamarse "carisma institucionalizado" o, con palabras de Weber, "carisma rutinizado". Como presidente y líder de los descamisados, Perón encamaba
tanto la autoridad carismática como la rutinaria y también la legal. Consiguió hacerlo, superando "las fuerzas de la rutina cotidiana" porque incluyó a Evita en su carisma. A partir de 1949, Evita representó claramente una
autoridad carismática pura, ya que no había pasado por un proceso electoral y no tenía un puesto oficial en el gobierno. Se movía por fuera de la estructura institucional, conectada a ella sólo de manera informal y por lo
tanto con amplia libertad para ejercer su influencia sin restricciones. El único que tenia poder sobre ella era Perón. Y ella, a su vez, solamente reconocía la autoridad de Perón, cosa que demostró en varias ocasiones, inclusive cuando retiró su candidatura ~ la vicepresidencia de la Nación. Al aceptar
la supremacía de Perón y al definirse como su complemento, no sólo hizo
que la relación de aquél con los descamisados pudiera permanecer intacta,
sino que le infundió nueva vida.

La presencia de Evita permitió que Perón no tuviera que compartir
su liderazgo con otro hombre, alguien que hubiese podido usar el Ministerio de Trabajo contra él, como Perón había hecho contra Farrell. Hizo posible que él desempeñara sus funciones sin apoyarse en colaboradores como
su amigo el Coronel Domingo A Mercante, hijo de ferroviario, muy popular entre los sindicalistas, su colaborador en la Secretaría de Trabajo y en 1946, elegido Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, alguien que claramente podía transformarse en un rival. Ella liberó a Perón de ciertas actividades esenciales para su estilo político, dejándole tiempo para cumplir con sus obligaciones presidenciales. Lo protegió del tipo de contacto diario desgastante para el líder de un movimiento que ya no está luchando
por el poder, sino que está en el poder. Lo aisló de enfrentamientos o negociaciones problemáticas cuando surgieron conflictos y así le ayudó a desempeñar el papel de árbitro final, de hombre sabio que puede dirimir diferencias cuando los demás han fracasado, de hombre de estado, juez, maestro, ideólogo, Padre, en una palabra, de "conductor" que tanto le gustaba a él.


Evita podía definirse como el complemento de Perón porque era mujer y su esposa. Como mujer, era una intrusa en el mundo de la política de gobierno -las mujeres argentinas votaron por primera vez en elecciones nacionales en 1951- y, por esto, nadie podía considerarla como una amenaza. Perón no podía pensar en ella como rival y los descamisados no podían ver en ella un obstáculo para sus relaciones con él Para cuando demostró sus habilidades políticas, ya no era posible detenerla porque era demasíado útil para Perón y para los descamisados. Como esposa de Perón, Evita era su extensión y por lo tanto, parte de él. Por ser su mujer, se había transformado en la segunda figura política del peronismo, a pesar de su origen social y familiar, de su carrera de actriz una actividad socialmente problemática en la Argentina de esa época, y de su relación con el entonces coronel Perón. "Todo lo que soy, todo lo que tengo todo lo que pienso y todo lo que siento, pertenece a Perón", reconoció en su autobiografía. En ningún  momento podía olvidar -y no trató de hacerlo- que era un gorrión 'y todavía lo soy. Si vuelo alto es gracias a él. Si camino entre las cimas de las montañas, es gracias a él. Si a veces toco el cielo con mis alas, es gracias a él. Si veo claramente quién es mi pueblo y si amo a mi pueblo y siento el amor de mi pueblo acariciando mi nombre, es gracias a él' f32.


Después de la muerte de Evita, los vínculos de Perón con los obreros se debilitaron y sus relaciones con los militares, la iglesia y los industriales empeoraron considerablemente, desgastadas por su nueva política económica, su creciente autoritarismo y el vacío político creado por la muerte de Evita. A pesar de que la relación carismática de Perón con los descamisados pasó por un periodo de enfriamiento, durante sus dieciocho años de exilio, su liderazgo nunca se vio seriamente amenazado y a comienzos de los setenta era nuevamente el líder indiscutido. En 1973, volvió a la Argentina para ganar las elecciones por una tercera vez y aunque en esta ocasión su esposa Isabel Martínez de Perón fue su Vicepresidenta, el liderazgo doble del peronismo murió con Evita.

Quien fue Evita Peron para los argentinos

Más que una primera dama, Evita Duarte de Perón fue reconocida como una líder política que luchó por los más desfavorecidos. Entre sus muchos logros sociales está el de conquistar para las argentinas el voto femenino.

Se cumplieron 100 años del natalicio de Eva Duarte de Perón, conocida como Evita, el 7 de mayo de 1919. Su muerte fue el 26 de julio de 1952, con tan solo 33 años de vida.

La esposa de Juan Domingo Perón, fue la primera dama de los argentinos a finales de la década de 1940, luego de una intensa campaña por todo el territorio gaucho y el apoyo de los sectores más populares y trabajadores.

Pero la singularidad de Evita y su empatía por el pueblo más vulnerable la convirtió en una líder política amada por millones de sus compatriotas, en especial por los ‘descamisados’, como se le conocía en aquella época al proletariado argentino.

Pero una de sus luchas más grandes fue por las mujeres. Así logró que para las elecciones de 1951, las mujeres votaran por primera vez en la historia de su país.

Tras un cáncer de útero, la salud de Evita de debilitó durante la campaña política para la reeleción de su marido. A sabiendas que la muerte le seguía los pasos, en un acto conmemorativo del 17 de octubre de 1951, con una Plaza de Mayo abarratoda, pronunció un discurso que para muchos, fue su despedida.

Entrevista a Jorge Elbaum sobre «La internacionalidad de Evita Perón» junto a Dario Mengucci